aquella polla de chocolate y fresa

15 11 2008

Como pone en el subtítulo del blog, somos dos blogueros calentorros por aquí, por el Africa Subsahariana, admiradores hasta la corrida de un buen culo, un brazo, un cuello, unos muslos y también, por supuesto, una Buena Polla Negra.

Las pollas de los negros es la parte más negra de su cuerpo. Se aclaran de color cuando se hinchan, pero cuando están laxas tienen dos o tres grados de oscuridad más que el resto del cuerpo.

La negrura, por supuesto, no es uniforme, hay negros más negros, casi azules, como en Mauritania o Ghana. La mayoría bantú, desde Nigeria hasta Sudafrica, son marrón café con leche en diferentes grados. Son más bien estos nuestros objetos de deseo cotidianos.

 

El color no es lo único que se ve cuando uno mira, o admira, la piel de un negro. Está también la textura. Generalmente la raza negra es más suave al tacto que otras, pero hay algunos negros absolutamente de seda. Hay partes del cuerpo más suaves que otras, y es la polla, sin duda, la parte más sedosa. Por otro lado, los negros suelen tener manchas de mayor concentración de melanina en un u otro lugar del cuerpo. No es raro encontrarse con un glande rosa casi blanco.

 

La primera vez que me ocurrió estaba yo a punto de metérmelo en la boca cuando desistí impresionado y asustado por el deslavado color de la punta de aquella polla. Pero como mi amigo, que tenía su mano en mi nuca, me indicaba leve pero decidídamente que quería follarme los labios, sí que se la comí.

Primero comprobé con los dedos que no había ninguna rugosidad en el glande, y me sobrevení de placer al sopesar ese rabo suave. La besé en el tallo y fui subiendo todo lo lentamente que pude. Ya digo que era una polla gorda, no demasiado larga. Cuando le besé el glande noté que la presión en la nuca se hacía más impaciente. Apreté con mis labios el glande rosa y dejé que su empujón de pelvis me penetrara suavecito. Cuando sentí la punta en mi garganta, y aunque él pedía más, apretando, puse una mano en la base de la polla para que no me hiciera daño en la garganta de un golpe de cintura. Estuve ahí disfrutando a dos carrillos de ese rabo grueso con la punta de color de fresa, Cuando sentí, aquel día, el dulce amargor de la primera gota de pre semen, acaricié con mi mano su mano, posada suave pero firme en mi cabeza y escuché como me decía

“Sigue, sigue. No pares. Nunca me la han comido así de bien. No me voy a correr todavía. Quiero que sigas ahí, dócil como una ovejita, haciéndome sentir que eres mío, con toda mi verga dentro de tu boca, pero también quiero follarte ese culo blanco y suave que tienes. Sigue un rato más y ahora te doy la vuelta, blanquito”

Al cabo de un rato, sacó la verga rápido, casi corriéndose. Me besó los labios y sentí que me los poseía también, abrazándomelos con los suyos. Entonces me tumbó en la cama, como si no pesara yo nada, me cogió una pierna con cada mano y me puso con el culo en la esquina de la cama. Me apretó la cabeza contra el colchón, y con la otra mano me encremó la entrada. Sentí su polla posarse y casi instintivamente levanté un poco el cuerpo para permitirle la entrada. Las primeras embestidas fueron deliciosamente salvajes, sin ternura alguna, pero me hicieron sentir que me desgarraba y grité. Entonces paró, con el rabo dentro, que quería sentir yo en la garganta. Me abrazó la espalda, dejó de empujar y me comenzó a mordisquear el cuello.

“Mi angel blanco´ me susurraba. Esa dulzura suya al sentir mi dolor, su respiración en mi cuello, el leve dolor de los mordiscos hicieron que el dolor comenzara a dar paso a un placer animal del que no tenía yo control. Agarré con mis manos sus muslos negros, potentes, pesados, y los comencé a acariciar, tratando poco a poco de traerle a él todavía más dentro de mí.

‘Ahora creo que ya estás preparado”, me dijo,

Y comenzó a bambolearse dentro y fuera de mí. Primero despacio, dejándome sentir su fuerte pecho en mi espalda. Poco a poco se fue enervando, soltó el abrazo con el que me tenía deliciosamente inmovilizado, sumiso, entregado, y separó su torso de mi espalda. Con una mano me asió el lomo y con la otra me masajeaba el culo, dando leves palmaditas que se iban haciendo más fuertes a medida que se acercaba al orgasmo.

Me corrí yo primero y tres o cuatro golpes de cintura más, él. Mientras se corría no dejaba de gritar ‘!mi ángel!, ¡mi ángel!,.

Se quedó postrado dentro de mí durante un buen rato. Mis manos en sus muslos, sus dos manos en mi cara.

Aquella maravillosa polla de chocolate y fresa…

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